Antes que las autopistas, los ríos fueron carreteras de madera, cáñamo y paciencia. En barcazas viajó el bacalao seco, bajaron ruedas de queso y subieron especias que perfumaron calderos. Hoy, pequeñas barcas aún surcan las aguas llevando frutas, redes y historias que se cocinan luego en plazas soleadas.
Piensa en el Ghetto y el Rialto al amanecer, cuando las cajas de pescado chasquean hielo; en Rijeka, con montones de sardinas brillando como monedas; en Split, donde el grito del rematador decide la cena. Pasear, preguntar y probar convierte cada compra en una clase generosa y viva.
Brodet, buzara, polenta con bacalao y sopas de pan absorbieron siglos de travesías. Tomate, vino blanco, ajo y laurel se repiten, pero cada puerto aporta gesto y medida. Ensaya en casa, comparte ajustes y encontraremos ese punto entre dulzor, acidez y sal que evoca cubierta, cuerda y brisa.